2017: Año del búho

1. Los búhos de papel

Para los puristas de la papiroflexia, cualquier corte sobre la hoja es ilícito, una pérfida manera de convertir aquel arte puro en una forma bastarda, sombra de su verdadera grandeza. Por fortuna, la vida ha tenido el cariño de enseñarnos alguna verdad: todo fanatismo desbocado apunta a la muerte o el atropello, y algún tipo de destrucción pervive siempre en las creaciones más pequeñas (porque la energía no se destruye, cuenta Newton, y en eso, al menos, no han podido demostrar que se equivoca).

Fuera de esas lecciones, quizás pertenecientes a una línea de reflexión tangencial al doblado del papel, el origami propende a la paz interior, a una búsqueda de calma y concentración donde no caben (o donde no deberían caber) discusiones acerca de la violencia del corte: si han de caber, empero, zanjo el párrafo afirmando la certeza de que existen caricias como cañonazos, y mordiscos dulces, dulcísimos.

Esa es la imagen que me gusta suponer para el último paso del búho de papel, para relatar el cerrarse breve de las tijeras sobre la esquina de la cual surgirán, una vez divididas por el soplo metálico, las patas. Sin ese contenido acto violento el búho no podría posarse en los árboles de los sueños, con sus ojos abiertos a la noche y el vigilante murmullo de sus interpretaciones vagando sobre la conciencia del durmiente.

Sin esa levísima transgresión a las normas de la pureza, no contaríamos con una de las figuras totémicas más importantes para estos tiempos de parálisis por el asombro, donde de escándalo en escándalo se nos secan las pupilas y no podemos enfocar lo importante en la marisma de explosiones, violaciones, asesinatos y el absurdamente abundante cóctel de etcéteras. Los ojos del búho para ayudarnos a mirar. Un pequeño acto de violencia amorosa redimiéndonos, regalándonos la claridad para enfrentar la luz de la luna o la oscuridad del mediodía pleno.

2. 1000 búhos

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Monumento a Sadako, en las afueras de la Noboricho Junior High School de Hiroshima. Foto tomada por el usuario Chenmingyu de Wikipedia

Hace algunos años emprendí la tarea de hacer mil grullas de papel. La leyenda tras los dobleces se centrifugó en mi cabeza al conocer la historia de Hiroshima y Sadako Sasaki. Doblé frenéticamente. Hubo días en que fue mi única obligación. Grupos de diez, de veinte grullas al tiempo. La última vez que conté había llegado a las ochocientas. Luego dejé de contar. El deseo de mi corazón desaparecía. Ningún sueño por cumplir, nada anhelado. Creo que pasé por las mil grullas sin darme cuenta. En el proceso encontré tranquilidad. La paz fue el regalo de las grullas.

Ahora quiero hacer mil búhos. El primero de los búhos me lo regaló María el pasado natalicio de Cristo. El niño bajo el pesebre recibe de ofrenda la cruz, además del oro, la mirra y el incienso. Su sabiduría está en aceptarlo todo, en comprenderlo todo. Dice Dulce Maria Cardoso, en Vas siempre demasiado lejos, que la mayor venganza de todas es la comprensión. Comprender por qué lo han hecho, por qué son como son. Quiero hacer mil búhos que me ayuden a comprender.

La sabiduría es un premio imposible. Las grullas me entregaron un trozo de paz. Los búhos quizás me entreguen un trozo de paciencia. Combinándolas ambas quizás sea más sabio. Esa es la gran meta. En el proceso iré dejando dobleces de colores por el camino. Fragmentos de belleza acariciados por mis dedos, con la frágil violencia del corte de sus patas, con sus ojos enormes para mirar por mí a quien los encuentre.

Los ojos míos sobre los ojos suyos. Los ojos míos sobre la noche, sobre el día, sobre los parques y las calles. Los ojos míos sobre mis propios ojos, en ese juego de espejos donde se encuentra la más cotidiana de las formas del infinito.

Doblaré mil búhos. No voy a contarlos.

3. El club de los búhos

Las últimas semanas de diciembre creamos una nueva rutina con mis primos menores, los hijos de Checho, el hermano menor de mi mamá: comenzamos a ir a cine, escogiendo entre todos la película y aprovechando el alivio económico proporcionado por la beca (alivio económico que, por fortuna, ya casi desaparece, “el que guarda comida, guarda pesares”). Mis primitos no dejan de sorprenderme. Sergio tiene quince años, y el cuerpo largo y tallado por el karate. Sara tiene doce, una melena crespa dorada y una colección de camisas leñadoras.

La primera vez que fuimos a cine vimos La La Land, en el camino, de la casa de mi abuela a Unicentro, íbamos hablando sobre la diferencia entre Edgar Allan Poe y Ambrose Bierce, en cómo ambos autores concebían el horror. Chechito había comenzado la discusión al compartirnos su asombro luego de leer El gato negro, juntos habíamos antes leído Aceite de perro. Tienen quince y doce años. Conversar con ellos es grandioso. Juzgan, critican, opinan, comparan con videojuegos o con series de televisión las lecturas. Estoy increíblemente orgulloso de ellos. Me alegra que compartamos esa forma de la felicidad latente en las historias.

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El Búho que comenzó todo. Las caricias de María en sus alas, su mordisco en las patas.

La segunda vez que fuimos a cine, les enseñé a hacer el búho de origami. Mientras esperábamos la hora de la película (Passengers) doblamos papel. Cortamos las pequeñas patas. Además del búho hicimos una grulla. Pero fue el búho el que Sara encajó en uno de los bolsillos de su leñadora azul. Un prendedor de papel que imitamos los otros (además de Chechito y yo, nos acompañaban Laura, otra prima de quien desafortunadamente nos separa el derrumbe entre la Medellín-Bogotá, y María, la original causante de los búhos) y que sirvió para crear e identificar a los miembros del Club de los Búhos.

“Los bosques arden y se queman los árboles”, o algo así, dice un personaje en Final Fantasy VIII. “Pero en la espesura todavía esperan los búhos”, debe responder uno si espera poder llevar adelante la aventura.

Eso, algo así. La aventura. Y punto.

El agón necesario (Let’s get ready to rumble! I)

1. Las anécdotas

 

Cuenta la leyenda (en realidad lo narra Enrique Vila-Matas en París no se acaba nunca) que en una oportunidad el escritor Ernest Hemingway mencionó, durante una velada en casa de Gertrude Stein, su admiración por la obra de James Joyce. La prosa joyceana no era bien recibida en el hogar de la crítica, quien consideraba a Picasso todo un maestro, pero encontraba al irlandés demasiado desordenado, carente de método y sentido. Hemingway, capaz (si hemos de creerle a sus diarios y a sus biógrafos) de encarar a un león de doscientos kilos sin temblor en el bigote, prefirió no volver a mencionar al autor del Ulises en cierta residencia parisina. Quizás, sólo quizás, quería evitarse la molestia de tener que pelear con aquella considerada su amiga y mentora. Leer más “El agón necesario (Let’s get ready to rumble! I)”

15/11/2016 – Martes

Afrontar algo es nombrarlo. El primer enfrentamiento ocurre a oscuras, cuando el lenguaje apenas se decide a ser forma neutra sobre un fondo vasto. Entonces, elegir las palabras significa empezar a crear el significado del suceso, darle consistencia, contextura. Otorgarle el derecho a existir dentro de las categorías de lo real, y así, desfantasmizado, poder entonces asestarle los golpes decisivos. Romperle la mandíbula o dejar que te la rompa en su lugar. Pero algo concreto. Algo, en fin, con lo que se puede trabajar. Eso da calma y ánimos. Leer más “15/11/2016 – Martes”

27/10/2016 – Jueves

Por mucho que odie admitirlo, a veces hace falta un desahogo. Un baldío al cual arrojar la pesadez del alma. No me gusta escribir cuando estoy triste. No me gusta desquitarme con el papel. Preferiría la valentía del silencio. Callar y abrazarme, dejando a la sombra melancólica cumplir su ciclo, limpiar las venas, enfriar la pasión para condensarla luego, líquido ambiguo, en su potencia máxima. Pero pienso en la lluvia, en la soledad de los desiertos, en un punto de tiempo entre cientos de otros puntos de tiempo: mínimo, insignificante, dolorosamente efímero: como la caída de una hoja, como la caída danzante de una hoja que se esmera en no tocar el piso, huérfana de árbol. Leer más “27/10/2016 – Jueves”

10/10/2016 – Lunes

Vengo teniendo días -elegidos aleatoriamente entre los siete de la semana- en los que no me rinde el tiempo para absolutamente nada. Intento escribir y estoy seco. Procuro leer y estoy seco. Si emprendo alguna tarea hogareña, sea regar las plantas o clavar una nueva estantería en la pared, descubro al empezarla que estoy seco, y pronto pierdo el interés. La falta de energías se suma a una ausencia total de ánimos: el boxeo no me llama, las pocas actividades de la universidad se me hacen imposibles. Leer más “10/10/2016 – Lunes”

La mariposa y la bruja

Ayer, en una jornada cruzada por la gripa, volví a sentir el viento en la cabeza luego de casi once años de no hacerlo. El pelo largo fue, primero, un desafío, una de esas formas inocentes de rebeldía joven con la que pretendía escupir en el reglamento arcaico de un colegio en duelo con el nuevo siglo. Luego —cuando ya no hubo coordinadora cruel ni rector metiche que me dijera que hacer con mis mechas— el pelo fue sólo pelo, una mata frondosa pegada a la cabeza que motilaba cada tanto para no pecar de semejanza con una trapeadora. Finalmente, y es la fe que sostengo, descubrí que lo mejor que podía hacer era darle un uso a restos de mi cuerpo que, de otro modo, serían apenas yesca en medio de un incinerador de desechos hospitalarios. Leer más “La mariposa y la bruja”